Escrito por: HAMLET HERMANN
Apenas unos años atrás existía lo que Miguel Mena llama “un
mundo sabatino de librerías”. Resultaba habitual para muchas personas
hacer un recorrido por las librerías y curiosear lo que se hubiera
publicado recientemente. Aquello llegó a ser como un caravaneo cultural a
través del cual encontrábamos amigos viejos y conocíamos nuevos
relacionados. El aumento del conocimiento por los intercambios estaba
incluido en el recorrido. Una taza de café siempre salía a nuestro
encuentro, gratis por cierto, preparado de acuerdo con sus cuatro
letras: Caliente, Amargo, Fuerte y Escaso.
Los que disfrutaban de aquella ronda de fin de semana rotaban dentro
de las librerías y se trasladaban de una a otra, generando peñas
literarias entre autores experimentados y diletantes en busca de
conocimiento. Pero no. Eso ya no existe. ¿Qué significado tiene para un
país que las principales librerías estén camino a la quiebra? ¿A quienes
podría responsabilizarse por permitir que los escritores dominicanos no
encuentren apoyo alguno mientras los gobiernos subsidian sus
aberraciones? La cacareada ley del libro poco ha logrado para
incrementar la lectura.
Las librerías se van extinguiendo lentamente como una vela de sebo.
Ya sólo quedan recuerdos de aquellos lugares acogedores que nunca
alcanzaron la categoría de comercio rentable. Todos teníamos crédito sin
garantía alguna. Era cuestión de gritar: “Anótamelo y después nos
arreglamos”. Y ese arreglo quizás nunca veía un peso sino que caía en el
remolino en el que libros a crédito se pagaban con obras del autor o
muchas veces las facturas amarillaban por el tiempo sin que alguien las
tomara en cuenta.
Contando mal, en la ciudad intramuros hubo 18 librerías que mostraban
el respetable nivel intelectual de la sociedad dominicana de entonces.
Hoy ya no existe el mundo sabatino de librerías. Los apiñados espacios
de Fiume Vicini (de los Vicini pobres), es cuestión arqueológica como
también ocupan esa categoría la “Librería Herrera”, la “Librería
Dominicana” y la “Casa Weber”.
Después de la muerte de Perucho, la “Librería América” sólo enciende
sus luces para que el moho y las polillas no se declaren ocupantes
absolutos.
La “Librería Internacional” entreabre sus puertas de vez en cuando y
sobrevive porque otras fuentes de ingresos de sus propietarios la
oxigenan.
“Luna”, en la calle José Reyes, ya colocó el letrero de “Se Vende”
como exorcismo ante la quiebra absoluta. Eso llega después de que los
falsos nacionalistas lo extorsionaron por vender un libro de la hija del
tirano Trujillo mientras, desde el gobierno, maquillan a Trujillo y
veneran a Balaguer.
“Mateca” no resistió el empuje de la crisis del libro y se redujo a
la mitad. El segundo piso de su establecimiento dejó de ser librería
para convertirse en sede de otro negocio, quizás, verdaderamente
rentable.
A “Thesaurus” poco le falta para regalar los libros de tantas rebajas que, infructuosamente, hace.
“Avante” sobrevive por la venta de agendas anuales y otras mercancías que la mantienen en cuidados intensivos.
“La Filantrópica” es un remanso donde los textos jurídicos actúan
como vacuna contra la ruina total. Pero sigue bajo un pronóstico
reservado.
“La Trinitaria” sigue recibiendo contertulios, más que clientes
compradores. Heroicamente, se mantiene como la única librería que sólo
vende obras de autores dominicanos. Más que reconocer las virtudes de
Virtudes Uribe, el dominicanismo de pies a cabeza es motivo de castigo
por parte de los implacables recaudadores.
Ante esta crisis de las fuentes del conocimiento habría que
investigar si no es competencia desleal que el Ministerio de Cultura
inaugure un moderno establecimiento comercial para vender la producción
intelectual de sus cercanos relacionados. Esa es una empresa
gubernamental que nunca irá a la quiebra porque no paga impuestos ni
energía eléctrica y sus empleados reciben salarios desde el inagotable
erario.
Habría que preguntar entonces: ¿no hubiera sido más justo evitar el
desplome de siete librerías con un subsidio de supervivencia en vez de
contribuir a su desaparición creando una empresa competidora? En
definitiva si el gobierno subsidia el 93.4% de la tarifa real del Metro
con varios millones de dólares cada mes, ¿por qué no dedicar algunas
boronas para que podamos leer un poco y no consolidarnos como los más
rezagados del mundo en materia de educación y de cultura?